lunes, 8 de abril de 2013

La Instrucción primaria (en "La Colonización Pedagógica) por Arturo Jauretche

El pueblo en que nací, en el oeste de Buenos Aires, era treinta  años antes territorio ranquelino, pero la escuela a la que concurrí ignoraba oficialmente a los ranqueles. Debo a Búffalo Bill y a las primeras películas de cow-boys mi primera noticia de los indios americanos. ¡Esos eran indios!, y no esos ranqueles indignos de la enseñanza normalista.
Salíamos de la escuela y a la sombra de los viejos paraísos plantados por los primeros pobladores, un anciano de barba, tío abuelo mío a quien llamábamos "El Cautivo" por haberlo sido en su niñez, durante 11 años, nos refería historias de tolderías y malones que escuchábamos absortos. Su padre, mi bisabuelo materno, había sido muerto allí, en la frontera, nuestro Far West, en el último malón.

Ilustración de Ricardo Carpani para el libro "Imperialismo y Cultura" de Juan José Hernández Arregui (1964)

Para recordar eso hubiera sido una profanación en la escuela de los principios pestalozzianos. Es así como el hijo del Oeste ignora el oeste, como el del Norte, el norte; y el del Sud, el sud. No tenemos literatura de pioneros y el hijo del país desconoce cómo se ha creado el suyo, la transformación de su naturaleza, de sus instituciones, de su población. Y si lo conoce es por sus cabales, a pesar de la escuela, y más por su experiencia de "rabonero" y "malas compañías".

La escuela nos enseñó una botánica y una zoología técnica con criptógamas y fanerógamas, vertebrados e invertebrados, pero nada nos dijo de la botánica y la zoología que teníamos delante. Sabíamos del ornitorrinco, por la escuela, y del baobab por Salgari, pero nada de baguales ni de vacunos guampudos, e ignorábamos el chañar, que fue la primera designación del pueblo hasta que le pusieron el nombre suficientemente culto de Lincoln. Es sabido que nada ayuda tanto al progreso como un nombre gringo, según lo estableció Sarmiento al rebautizar Bell Ville a Fraile Muerto1.

¿Cómo extrañar, entonces, que mirásemos despectivamente las cigüeñas de nuestros bañados, al compararlas con las muy literarias y europeas que anidan en las torres de las iglesias? ¿Cómo comparar el indígena zorro, que acabábamos de trampear, con el respetable "Maitre Renard" mencionado en la escuela? De esa formación han salido las Navidades con nieve y los Papá Noel de nuestros niños, y las primaveras abrileñas de nuestros poetastros. Conocíamos el Yang-Tse-Kiang y el Danubio, pero la escuela ignoraba el Salado Buenos Aires, que nace allí en las lagunas donde buscábamos las nidadas del juncal. ¿Y esa otra laguna, aún más cercana? ¿Cómo nombrar la "laguna del Chancho" en la escuela donde el chancho era cerdo? ¿Qué decir de una historia a base de héroes de cerería -tan absurdos como los niños modelos propuestos por los libros escolares- y que nos obligó a buscar nuestros héroes con valores humanos en la literatura de ficción o en la historia de otros países?2


Ricardo Carpani "Quiénes somos, de donde venimos y a dónde vamos" (boceto para mural 1991)

Mis noticias de la guerra del Paraguay se confunden entre las enseñanzas de la escuela, con militares santos y soldaditos de plomo, en prados de esmeralda, y los relatos de sus veteranos. Porque allí enfrente, en la plaza, había siempre tres o cuatro veteranos a quienes tocaran suertes de chacra en el ejido, que nos ilustraban sobre la recluta forzosa, dirigida por los "niños porteños" y la impopularidad de la guerra. Teníamos así noticias de dos guerras distintas: una oficial contra el Paraguay y otra privada y popular contra los brasileños, cuando paraguayos y argentinos, después de las batallas, recorrían juntos los cadáveres de los subditos del Emperador, en busca de las onzas del único ejército pagado y rico. Muchos años después, en Río Grande do Sul, he oído el eco confirmatorio de esos relatos: "—O argentino moito valente, mais moito gatuno". Debo también al "Heroica Paysandú, yo te saludo..." de Gabino Ezeiza, los primeros atisbos de verdad histórica. Porque Guido Spano y Hernández eran cuidadosamente ocultados tras la cortina poética. Así también el Alberdi de sus rectificaciones, lo mismo que Sarmiento cuando se reencuentra con el país, son meticulosamente olvidados
en cuanto no sirven al interés colonial.

Ricardo Carpani "Fusilamiento"

DESCONEXIÓN ENTRE LA ESCUELA Y LA VIDA
Mis recuerdos de colegial sólo quieren suscitar los suyos. "Cuando mi recuerdo ya hacia ti se perfuma", dijo el poeta; vaya usted hacia su infancia y evocativamente recogerá el aroma de aquelíos días; deje que atrepellen los recuerdos, saltando unos sobre otros, para puertear primero. Volverá a la escuela, y haya usted nacido en la ciudad o en el campo, comprobará que lo que traía con usted de ellos, y también de su casa, debió dejarlo en la puerta del aula.La campana que lo llamaba a clase era un cotidiano corte entre dos mundos y su formación intelectual tuvo que andar así por dos calles distintas a la vez, como la rayuela, con las piernas abiertas entre los cuadros.
La escuela no continuaba la vida sino que abría en ella un paréntesis diario. La empiria del niño, su conocimiento vital recogido en el hogar y en su contorno, todo eso era aporte despreciable. La escuela daba la imagen de lo científico; todo lo empírico no lo era y no podía ser aceptado por ella, aprender no era conocer más y mejor, sino seleccionar conocimientos, distinguiendo entre los que pertenecían a la "cultura" que ella suministraba, y los que venían de un mundo primario que quedaba más allá de la puerta.
Es que la escuela era el producto de la "intelligentzia" y estaba destinada a producir "intelligentzia" porque reproducía el esquema sarmientino de Civilización y Barbarie. Era la preferencia por la montura inglesa del sanjuanino, olvidando que el recado era una creación empírica nacida del medio y las circunstancias, así como lo había sido la montura inglesa en su propio medio. Los dos productos de una cultura elaborada vitalmente, concepto ininteligible para quien entiende por cultura un producto de marca que se adquiere como usuario 3-.


Ricardo Carpani "El gaucho Martín Fierro"
Este desencuentro entre la escuela y la vida producía un desdoblamiento en la personalidad del niño: ante los mayores y los maestros, se esmeraba en parecer un escolar cien por cien; frente sus compañeros y fuera de los límites de la escuela defendía su yo en una posición hostil a lo escolar, como un pequeño Frégoli que estuviera cambiándose constantemente el paquete traje de los domingos y las ropitas de entre casa.
Aunque la teoría pedagógica, fuera buena, se fundase en Pestalozzi, en la doctora Montesori, o en otro, la pedagogía estaba alterada por esa actitud básica que superaba el conocimiento experimental del maestro, cuando éste, evadido de su formación normalista, intentaba corregirla: el programa y la dirección escolar más alta, lo impedían. Hasta el mismo maestro era subestimado en cuanto hombre, en función de una imagen ideal del mismo, correspondiente al concepto de "cultura"4-
El maestro había sido preparado por los elementales principios pestalozzianos, pero aquello de usar de lo simple a lo compuesto, de lo sencillo a lo complejo, de lo particular a lo general, de lo cercano a lo remoto, y que suponía superar orientando lo ya conocido, y aprender por inducción, se invertía en la práctica pues el método aplicado era el deductivo partiendo de supuestos que tenían calidad de aforismos (muchos de éstos los estoy recopilando para mi próximo Manual de zonceras argentinas}. Era como ya he dicho una escolástica de antiescolásticos, y así se explica todo lo que se ha señalado antes: el divorcio de la geografía, de la historia, de las ciencias naturales, etc., con la realidad circundante cuyo conocimiento estaba excluido de la enseñanza. Hasta se creó un lenguaje convencional como esos "educando", "año lectivo", "dilectos", que el talento de Chamico, con las alegorías, símbolos, etc., pone en la boca de la señorita Miglievaca, que más que expresar la cursilería individual de una maestra es la crítica de un sistema de enseñanza que seguramente también tiene que ver con la excelente calidad de nuestro humorismo. (Tal vez se genera en esa contradicción entre vida y forma, que se nos administra desde los primeros grados).
Desde las primeras letras, nos ponemos en contacto con un mundo sofisticado que es el de la "cultura", y al que entramos y salimos al entrar y salir de la escuela. La "cultura" se identifica con el guardapolvo blanco planchado y almidonado, y ella se cuelga con éste, al retorno a la casa y a la rueda de los compañeros de juego.
Puedo hacer un test con usted lector en esta rememoración de la infancia a que lo he llevado, y verá usted cómo sus recuerdos se ordenan en dos compartimentos separados. En uno está su infancia según la vida, tal como en esa evocación de Carlos de la Púa es "Barrio Once" que transcribo en El medio pelo en la sociedad argentina.
En otro, su infancia de guardapolvo blanco que ya le demandará el estilo de las composiciones escolares, porque toda su infancia se condicionó como si usted hubiera sido el niño de dos mundos distintos, más que paralelos, opuestos.
(Ahora mismo verá usted que las escuelas particulares, que son las caras, aceptan el guardapolvo de color, mientras que en las del Estado siguen con la disciplina del costoso guardapolvo albo -digamos así para ponernos en situación- que tantos sacrificios impone a los hogares. Está reñido con las exigencias del sentido común pero se lo sigue imponiendo porque es casi un símbolo de "cultura", una envoltura formal que oculta y jerarquiza una realidad subestimada.

Ricardo Carpani "Yo soy América"

Es tan "cultural" ver esas "bandadas de palomas blancas" que se derraman por las calles al son de la campana. El pretexto es la igualdad. ¿Pero por qué, si no es por razones "culturales", la igualdad tiene que hacerse en blanco, que es tan costoso y no en gris, azul y marrón, que son más baratos?) 5
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NOTAS
1-La mayoría de los nombres originales de nuestras calles y lugares han sido cambiados. Con el pretexto del homenaje a figuras históricas se ha desvirtuado la toponimia para afirmar la historia falsificada, y a la sombra de los San Martín y Belgrano, la nomenclatura ha servido para desvincular la imagen geográfica del paisaje histórico. Toda esta nomenclatura tenía amplia cabida en las calles innominadas, en las estaciones de ferrocarril y en los pueblos que iban surgiendo.
Pero se la utilizó sistemáticamente para crear una solución de continuidad entre el lugar y el hecho facilitando la imagen del país desconectada del espacio y el tiempo, estratosférica y desarraigada que cultiva la cultura de "pega" a que me estoy refiriendo. Ni siquiera sirve para cumplir el homenaje propuesto pues la reiteración de los nombres iguales en todas las iguales calles de todas las ciudades, y la nominación sin ninguna relación con lo local ha terminado por borrar la idea del homenaje convertido en vulgaridad cotidiana sobre la que la atención se desliza sin percibirlo.
De reflejo se produce un fenómeno curioso. Cuando por casualidad el lugar conserva su nombre tradicional, la gente, habituada a lo postizo del nombre, no vincula el hecho histórico y el sitio. Haga Ud. la experiencia como la he hecho yo. Al pasar por el arroyo Pavón pregúntele a su acompañante qué le sugiere el nombre, y verá con sorpresa que le contesta: "Lo habrán puesto en homenaje a la batalla de Pavón".
Nunca se le ocurrirá que ese fue el lugar de la batalla y lo mismo le pasará en Oncativo o la Tablada.
El pueblo instintivamente se resistió a esos cambios de nombres y los viejos de mi tiempo se esmeraban en llamar Buen Orden, Artes, Piedad a las viejas calles de Buenos Aires que como Florida aún conservaban su nombre tradicional.
Es que el nombre consocia imágenes, hechos y embellece el lugar con toda una gama de elementos subjetivos propios de la comunidad y que forman parte del acervo cultural. Melincué, Venado Tuerto, Chascomús, Chivilcoy, no sólo son nombres; son citas con la vida que fue y que será y motivan asociaciones con el paisaje, con los hombres, con las plantas, con los animales del sitio, que no pueden suscitar General Alvarado, Weelwright (que el paisano pronuncia Bilri) como no es lo mismo decir Río de la Reconquista que Río de las Conchas.
Recientemente se quiso restaurar el nombre de Fraile Muerto y se agitaron los diarios, los rotarianos y los pedagogos para defender su híbrido franco británico Bell Ville identificado con la cursi-parla geográfica.
Fue Sarmiento el que hizo el cambio de nombre adoptando el de un vecino británico, para que así Fraile Muerto, elemento retardatario pasase a ser Bell Ville, elemento progresista. Hay un caso curioso. A la estación Monte Buey -nombre tradicional del lugar que designaba la estancia de un inglés llamado Woodgate, el F. C. Central Argentino le adjudicó ese nombre británico. Pero ocurrió que a los paisanos Woodgate les resultaba difícil y le llamaban Bogati. El mismo Woodgate, horrorizado de que le italianizasen el apellido consiguió que se restableciera la vieja designación Monte Buey.
En la imitación grotesca de lo exterior, ésta siempre se hace como transferencia y así se transfiere el nombre, pero no el buen sentido con que el ejemplo propuesto, Europa, se conserva la toponimia. Es que la copia es siempre para contrariarnos, nunca para favorecernos. Y esto de la toponimia artificial está tan metido en el entresijo cultural que nos han hecho, que hasta los descamisados cayeran en lo mismo. ¿Puede haber disparate más grande que haber cambiado los nombres naturales y lógicos de los ferrocarriles por estos otros que nada tienen que ver como elementos de identificación, como los que habían nacido como aplicación de una geografía elemental? ¡Y esto lo hicieron los mismos que los nacionalizaban!
A este propósito recuerdo que le había propuesto al diputado José María Cañé la redacción de un proyecto de ley para restablecer la toponimia sobre sus bases reales, precisamente en el momento en que los adulones del peronismo terminaban por alterar lo que quedaba de la toponimia auténtica con una lamentable y egolátrica emulación.
De la época es el cuento del paisano que en la esquina de Mitre y Pavón, en Avellaneda, le pregunta al vigilante por la calle Mitre.
—"jCómo Mitre...! ¡Eva Perón... y es esta!", le señala el policía.
—"Disculpe... ¿Y Pavón cuál es?"
—"¡Cómo Pavón! ¡Juan Perón...!", lo reta el vigilante.
—"No sabía..." -explica el paisano-. "Como soy del Chaco".
—¡Qué Chaco... Provincia Perón! -le grita ya irritado el vigilante.
El paisano, intimidado, camina pocos metros en dirección a Buenos Aires.
Está ahora, sobre el Riachuelo, en el puente y se recuesta a la baranda, pensativo
y perplejo.
Se le acerca un marinero y le pregunta:
—¿Qué está haciendo, paisano?
El paisano, prudente y avivado ya, le contesta:
—Estoy mirando el Peronchuelo señor...
Y viene al caso aquí, con respecto al reiterado homenaje de los nombres de calles que terminan por no tener sentido de tan repetidos, algo que el Dr. Cooke le dijo al mismo Perón en la presidencia: "Se ha abusado tanto de su retrato que ya no se lo ve; forma parte del paisaje como los árboles de la calle". En esto es cosa de decir de nuevo que "en todas partes se cuecen habas y en mi casa, a calderadas"... (Nota de la tercera edición).
2- El mismo escolar que ignora la falsificación histórica percibe instintivamente su artificialidad y así es como le resulta la historia argentina mucho menos atrayente que la de otros países. (Ya hemos visto la referencia de Borges a la "odiosa" historia de América). Sus santos y demonios de palo, marginados de la vida real como símbolos, y hasta las batallas en prados de esmeralda y con sóidaditos acicalados, son incompatibles con sus pequeñas experiencias y mucho más con su imaginación que siendo imaginación tiene más realismo que una historia anodina, insípida, incolora e inodora como el agua de beber. Esa historia ni es real, ni es fantasía, y la rechazan por igual el realismo y la imaginación, pues, si lo falso deforma los hechos, también impide el vuelo. Esto explica que la historia de cualquier otro país, que cualquier episodio no vinculado a lo que enseña oficialmente adquiera una vivencia incompatible con una enseñanza dosificada en píldoras  Es como alimentarse con vitaminas y no con churrasco y frutas, por lo que Enrique IV, el mariscal Ney, César, Espartaco, resultan mucho más interesantes que los protagonistas de nuestro pasado. Se trata de hombres con virtudes y defectos, que se mueven en un paisaje, en un mundo cuya existencia se siente a través de la acción. Este tema solo merece un libro, pero basta con señalar ese desapego por nuestra historia, que ningún profesor de enseñanza secundaria o maestro de escuela primaria, puede desmentir. La clase de historia, apetecida en otros países, a nuestros escolares les resulta "opiosa". Y además irrecordable porque es una memorización de fechas y una constante repetición de las historietas del "niño malo y el niño bueno". Haga memoria, lector, porque Ud. también fue escolar... y a Ud. también le "mtieron" el Grosso —el chico y el grande- despues vino Le... vene (Nota de la tercera edición)
3- El recado típico de la pampa no sólo importa que el jinete lleva consigo el lecho. Es la montura que corresponde a un tipo de equitación —ni la jineta ni la brida-, determinada por el desierto y las vizcacheras en la época de los campos abiertos. La rodada era inevitable y salir parado cosa fácil, con las piernas muy abiertas y la estribada en la punta de los dedos del recado surero, sobre la cabeza del caballo y con el largo cabestro en la mano. No sólo no había que ser apretado; no había que quedarse a pie. Por eso además del largo cabestro el gaucho llevaba un tiro de bolas a la cintura para bolear su montado desde el suelo, de perder la punta del cabestro.
Hombre a pie en el desierto, aunque no fuese apretado ni quebrado, era pasto de los chimangos. ¡Pobre Sarmiento rodando en las vizcacheras del desierto y con montura inglesa! Pero como la "cultura" tenía que venir de afuera nunca pudo comprender que ese recado era una creación cultural propia determinado por el
medio, así como en otras zonas el medio creó el sirigote, y en la montaña el gaucho de Güemes heredó otra forma, de altos arzones, producto de la cultura elaborada sobre la naturaleza, montañosa y boscosa. Ahora el amplio recado de bastos se achica reemplazado más frecuentemente por el recado platero creado por Del Castillo Posse, que no carga tanto sobre los ríñones del animal con ventaja para éste, y que permite afirmarse y descansar enel estribo y se aproxima más a la equitación de la brida. Porque ahora no hay vizcacheras, ni campos abiertos ni desiertos que reclamen la cama; la cultura de la realidad se adecúa a la realidad en la que el viejo y pesado basto deja de ser necesario, quedándole los inconvenientes. En esta pequeña observación podemos cotejar los efectos de la cultura como creación, y la imitación cultural propuesta por la "intelligentzia".
4- Con emoción evoco a mis maestros de primeras letras -cómo no hacerlo si mi madre también fue maestra- ahora que comprendo la distorsión que ellas también sufrían entre el mundo como es y el mundo según lo exigían los programas y las directivas. Pienso ahora en aquella escuela de los pueblos rurales donde a principios del siglo los "niñitos" variaban entre los ocho años y los dieciséis —ya paisanitos de bigote— y donde se hacinaban cuarenta o cincuenta alumnos en un aula para treinta y donde el maestro o la maestra tenían que atender generalmente dos "clases" al mismo tiempo. Cuando en las peleas del recreo o de la salida de la escuela solía aparecer con frecuencia el matagatos y hasta el cuchillito, situación que el maestro teóricamente debía ignorar porque la enseñanza estaba dirigida al niño abstracto tan distinto de la realidad que tenían en el aula. Ellos también tenían que desdoblar su personalidad a riesgo de contradecir inspecciones y programas, y elaborar el suyo de contrabando, para salvar a base de personalidad, la distorsión del hecho y la teoría.
5 Algunos espíritus suspicaces -y que se dicen bien informados- afirman que Cababié Hnos., Fábrica de Alpargatas, etc.... pueden dar razones más positivas de esta increíble persistencia... de la pasión colombófila que viene de arriba. Ellos son los que con otros abastecen el mercado. Todos los años se anuncia para el siguiente la supresión del guardapolvo blanco... y todos los años las autoridades escolares son convencidas... (Nota de la tercera edición)

Texto extraído de: Jauretche, Arturo (2002) Los Profetas del Odio y la Yapa (La Colonización Pedagógica) Buenos Aires, Corregidir (Primera edicación de A. Peña Lillo Editor del año 1957) 

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Biografía de Arturo Jauretche por el historiador Norberto Galasso. Descargar pdf

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