jueves, 27 de diciembre de 2012

La didáctica de Marechal o sobre el encuentro entre Adán Buenosayres y Tristán Silva alias "Cara de Fierro"

Cada día que pasa, estoy más convencida: En materia de educación ya está todo dicho y también fue hecho. En nuestra Patria hubo pioneros que marcaron el camino. Los ocultamientos, egoísmos, bombardeos y botas provocaron fragmentos y nos hicieron perder el rumbo hacia nuestro origen. Estamos retomando el camino, recuperando la esencia, la poesía, las mil flores, el olor a tierra mojada. Queridos compañeros, con ustedes, un maravillosos fragmento (lleno de completud) del poeta, maestro, inmenso y bello Leopoldo Marechal. He aquí, el intenso encuentro entre Adán Buenosayres y el niño Tristán Silva ("Cara de Fierro")


“(...) Trota un viento glacial en el corredor flaqueado de columnas. Adán Buenosayres aspira hondamente aquella ráfaga; y luego, por uno de los intercolumnios, sale al patio donde trescientos escolares enardecidos rugen y se encrespan bajo un cielo de latón oxidado y entre paredes que sudan humedad y fatiga. Mientras avanza por entre los agitados racimos infantiles, Adán Buenosayres va midiendo el vacío de su alma. Como nunca siente ahora esa falta de presión interna que lo expone, desarmado, a la invasión de las imágenes exteriores; y escenas, gritos, colores y formas irrumpen en su alma vacía, tal un tropel de brutales forasteros que invadieran un recinto deshabitado.
En aquel instante, una gritería ensordecedora reclama su atención; y al recorrer el patio con la mirada ve un enjambre de chicos arremolinados en torno de un centro que no distingue aún. Las risas cacarean allá, y los gritos parecen concretarse ahora en uno solo:
-¡Cara de fierro! ¡Cara de fierro!
Se encamina entonces hacia el lugar de la batahola; pero el corro, al abrirse violentamente, deja escapar a un chiquilín que atropella con la cabeza baja, en el desalado tren de fuga. Adán Buenosayres lo recoge al vuelo, y al mirarle la cara descubre por fin la razón del tumulto: una parálisis terrible ha inmovilizado las líneas de aquel rostro infantil, imponiéndole una rigidez extraña de metal o de piedra; la caja de su boca parece definitivamente contraída en un rictus cruel; sus ojos, fijos en las cuencas, tienen una expresión de ferocidad sólo desmentida por el temblor de la lágrima que le cuelga da cada párpado; viste un traje de marino, cuyo pantalón largo cubre y disimula el rigor de unos botines ortopédicos. Mientras le arregla el desaliño de las ropas, Adán hecha una mirada entorno suyo; y ve un círculo de semblantes que le observan con expectativa, y entre los cuales algunos, riendo con inocente maldad, susurran todavía: “¡Cara de fierro!”. Acariciando entonces las mejillas del niño que aún tiembla entre sus manos, Adán le pregunta:
-¿Cómo te llamas?
- Tristán Silva- responde Cara de Fierro en una especie de gruñido.
-¿Es el primer día que vienes a esta escuela?
-Sí.
Adán enjuaga con su pañuelo las dos lágrimas que no se resuelven a resbalar por aquel rostro espantable. Y luego tiende al niño una mano abierta:
-Tristán Silva -le dice- , vamos a ser amigos. ¿Qué te parece?
-Sí- gruñe Tristán, dueño ya de la mano que se le ha ofrecido.
Necesitando hacer notorio aquel gesto suyo de elección, Adán se pasea entre los mirones, con la mano de Tristán puesta en la suya. Luego lo devuelve al grupo de sus enemigos, que lo reciben ahora con abrazos y aclamaciones. ¡Oh, mundo! Pero el señor Henríquez, embalsamador de pájaros, acaba de ordenar la formación de trote; y trescientos escolares, ansiosos de sacudir el frío, se alinean ya en impacientes escuadras.
-Al trote, ¡march!
Se inicia la carrera, el patio retumba, estallan gritos de júbilo. Adán, en el centro de la rueda, está mirando aquel desfile de caras vertiginosas, cuando vuelve a sentir entre la suya la mano de Tristán Silva.
-¿Corremos?- le pregunta.
-¡Sí! – responde Tristán, clavándole sus ojos duros.
Con la mano del niño bien sujeta, Adán se une al círculo de los corredores, entre mejillas arrebatadas y sonoros alientos. Aferrándose a su mano, Tristán salta en el aire como un pelele de trapo: en las duras baldosas resuena el metal de sus botines ortopédicos. No se le mueve un solo músculo de la cara, pero un largo rugido brota de su pecho y revienta en sus labios. Y Adán entiende que, sin duda, Cara de Fierro no sabe reír de otra manera. (...)” (p. 324- 325)
Extraído de: Marechal, Leopoldo (2010) Adán Buenosayres. Seix Barral, Buenos Aires
Imágen extraída de: magicasruinas.com.ar

4 comentarios:

  1. Maravilloso texto, como todos los otros que has compartido con nosotros. Gracias!

    Hugo Fé.

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    1. Gracias Hugo por tus comentarios de aliento, tus lecturas y aportes!

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  2. Que sensibilidad Maestro!!! Conmovedor. Agradezco este espacio, estoy con poco tiempo para la lectura y estas dosis ultra seleccionadas me vienen muy bien. Gracias!. Mecha.

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    1. Gracias Mecha por el aliento para que Didáctica de esta Patria siga arriba y adelante!

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