martes, 7 de mayo de 2013

¿Saber o sabiduría? (por Rodolfo Kusch)


(por Rodolfo Kusch en: Charlas para vivir en América)

¿Por qué decimos "ya sé, ya sé"? ¿Qué queremos decir con la pregunta "cuándo vas a aprender"? ¿Y cuando decimos "ya agarré" para referirnos a algún conocimiento? ¿Qué sabemos de nosotros mismos? ¿Qué saber enseñamos a nuestros alumnos en las escuelas? ¿Saber pulcro o saber tenebroso? En este hermoso texto, Rodolfo Kusch, el gran pensador, filósofo y antropólogo argentino, nos da las claves para pensar - entre otras cuestiones- qué sabemos de nosotros, qué creemos que sabemos, qué enseñamos... 


Rodolfo Kusch en Bolivia


Desde niños nos suelen decir con cierto desprecio "Cuándo vas a aprender". A la vida la vemos siempre como algo en donde tenemos que adquirir determinados datos para enfrentar las vicisitudes. Y en esto nos puede haber ido bien o mal. Si nos va mal, nos queda un raro modismo. Cuando el jefe o el amigo nos explica algo decimos de inmediato "Ya sé, ya sé". Nos urge saber, o en todo caso simular algún saber.
Se diría que aunque nos esforcemos en saber, siempre nos queda la sensación de una leve ignorancia, que flota detrás del dato recién aprendido, y que seguramente se manifestará el día de mañana cuando aparezca la novedad que nos hará ver que nada sabemos o que nuestro saber es anticuado. Por otra parte siempre habrá en otros lados mejores máquinas, mejores procedimientos, más libros y más saber.
Y esto poco o nada remedia la enseñanza. Suele haber serias contiendas entre profesores de una misma materia pero de distintos cursos. Concebimos la enseñanza como una fabricación en serie. Es natural que si el profesor del primer año no pone la rueda el de segun­do no tiene porqué ajustar las tuercas. Pero es inútil. Porque aunque el de primero diga "ya sé, ya sé", y aun­que el de segundo truene con aquello de "¿y cuándo aprenderá?", el alumno igual pasará entre el fragor de los dos y seguirá algunos años más para egresar al fin y decir al prójimo, también "ya sé, ya sé", aunque no sepa nada. Y esto no sólo es propio de la enseñanza, sino que también se da en el plano nacional y hasta continental. Fuimos formados en América bajo la tenante pregunta de "¿cuándo vamos aprender?" y proliferamos en instituciones precisamente como una forma honesta y sincera de responder, y, un poco, para decir lo mismo que el alumno aquél: "ya sé, ya sé", aunque nada sepamos.
Pero de esto estamos seguros e incluso hartos. Por eso nosotros siempre envidiamos el desparpajo con que un porteño se burla ante la exposición que alguien hace de sus conocimientos, y no pudiendo con su genio dice groseramente: "Cómo sabe". ¿Qué dice con eso el porteño? Pues debe ser en cierta medida algún antídoto para frenar tanta adquisición de datos nuevos. Al fin de cuentas con un "ya me las voy a arreglar" trata de hacer frente a las situaciones con la pura y absoluta ignorancia. ¿Y eso está mal?
Pero el porteño dice también, un poco para salir del paso, "ya agarré". ¿Y esto qué significa? Se diría que el saber supone una cosa, que se "agarra" con todas las consecuencias: algo exterior, ajeno a uno, y que debe ser adquirido sin más como un par de zapatos. Si así fuera, no deja de ser sospechoso saber mucho. Seria algo así como "haber agarrado mucho", o tener un sin fin de conocimientos-cosas como quien tiene propiedades. Y el porteño tiene razón. Solemos saber mucho sólo para mostrar todas las cosas que tenemos. Más aún, sabemos para "ser alguien". Algo de esto debe haber porque no por nada se dan los pequeños pedantes que agregan a su buena posición social o docente, un brillante despliegue de datos inútiles. Tenemos mucha urgencia de ser lúcidos y lo hacemos mal.
Pero veamos otra cosa. Si el saber lúcido crea tantos problemas, la ventaja debe estar en su opuesto, en algo así como el saber tenebroso. Si el saber lúcido de cosas que se "agarran" y se esgrimen nos torna un poco ficticios y hasta inmorales, el saber tenebroso debe salvar nuestra moralidad.
Pero he aquí que chocamos con la razón. Si el saber lúcido dice que dos más dos son cuatro, el tenebroso dará otro resultado. ¿Cómo es eso? Pues es muy simple. Cuatro chocolatines para un niño hambriento no es lo mismo que para un niño satisfecho. El deseo o la satisfacción hacen que no sea verdadero ese axioma matemático dé que cuatro es igual a cuatro. La vida se encar­ga de turbar el rigor de los números. La angustia, el amor, el odio tornan al saber lúcido en algo tenebroso. Y he aquí el problema: de este saber tenebroso nadie nos habló. Lo esgrimen sólo los porteños diciendo "cómo sabe", o "ya agarré" o "ya sé". Y ahí queda todo.
Los aztecas en cambio solían concebir la educación como una formación del rostro y del corazón. El rostro era la máscara que cada uno necesitaba para enfrentar a sus prójimos, como si se tratara del aspecto exterior del hombre, eso que se ve sin más a través de los buenos modales y la cortesía. Era en parte lo que entre nosotros resolvemos míseramente con el "ya sé, ya sé". El puro saber como adquisición de datos: un saber lúcido.
Sin embargo fincaban la importancia de la educación en otros aspectos. Era aquél según el cual el saber no provenía de afuera si no de adentro. Era el corazón. ¿Y en qué consistía? El corazón tenía para los aztecas un sentido especial. Era la semilla puesta por la divinidad en el centro del cuerpo, en medio de los cuatro miembros humanos, en cierto modo el quinto elemento integrador que centraba en sí la sabiduría. ¿Y qué era ésta? Pues el equilibrio no sólo del individuo sino también del universo.
Ese mismo corazón era asociado al corazón físico y era ofrendado a la divinidad, por intermedio del sacrificio sangriento. El corazón era el lugar donde se junta­ban los opuestos, donde se daba la luz y las tinieblas, pero también era el esquema del universo que ellos con­cebían, el animal-mundo con sus cuatro miembros y la ciudad ombligo. Hombre y mundo debían estar concebidos de la misma manera si no había educación.
El discípulo cuyo corazón estaba formado sabía de las cosas del cielo y de la tierra, lo verdadero y lo falso, y cómo uno se convertía en otro. Sabía en suma el margen de tinieblas que rodea el saber lúcido. Sabiduría era entonces un saber lúcido y un saber tenebroso. Como si se abarcara toda la montaña: su parte iluminada y su parte oscura.
¿Y en qué consiste ver sabiamente las cosas? Pues en adosar las tinieblas a la luz. Si dos más dos son cuatro para las matemáticas, el sabio le agrega la sospecha tenebrosa de que para la vida eso podría no ser así. Si cuando decimos hombre creemos estar diciendo todo, el saber tenebroso supone que detrás de cada cosa está su negación, detrás de hombre el no-hombre. La simple negación.
Pensemos qué significa no-hombre. Supone desde ya otra cosa: piedra, planta, dios, gato, mesa y muchas cosas más. Y juntar el hombre con el no-hombre, según el saber tenebroso, significa echar lo que aquél es en lo que no es. Y está bien. Porque sólo convirtiendo el hombre en un gato nos daremos cuenta cómo extrañamos todo lo referente al hombre. Y lo mismo pasaría si lo convirtiéramos en planta o en piedra o en armario. Negar al hombre es afirmar todo lo que el hombre, es. Y es más. Si cuando decimos hombre pensamos sólo en blanco, con el no-hombre pensamos también en negro.
¿Y qué pasa en todo esto? Pues que de esta manera, descubrimos la semilla o el corazón del concepto de hom­bre. En cierta medida volvemos a crearlo, porque aprendemos todo lo que el hombre podría ser, lo blanco y lo negro del hombre. Por eso conviene no dejar de lado el saber tenebroso. ¿Entonces deberíamos imitar a los az­tecas y no ser tan excesivamente lúcidos?
Pero es que somos lúcidos en la cátedra pero tenebro­sos en la calle, subversivamente tenebrosos. Nosotros nunca diríamos como el porteño "ya sé", o "cómo sabe" o "ya agarré", pero lo pensamos. Porque ¿qué significan realmente estas expresiones? ¿No esconden en realidad cierta burla ante el saber lúcido? ¿Y más aun, no se trata en el fondo de afirmar un saber tenebroso? Y si fuera así ¿nos sentimos culpables de querer saber —como los aztecas— el corazón de las cosas y no su rostro, pero nos asustamos?
Quizá no sea para tanto. Pensemos sólo que vivir significa tener el germen de las cosas en la mano. No hace­mos nada con sólo conocer su aspecto o su rostro, el mero dato vacío o los hechos. Si supiéramos que nuestra ciudad es realmente de cemento y asfalto o que detrás de las fechas nada hay, nos moriríamos en seguida. Sólo vivimos porque suponemos, un poco tenebro­samente, que detrás del cemento y el asfalto y de la his­toria misma hay un animal-mundo que vive a la par nuestra, tal como pensaban los aztecas. Si no estaríamos muy solos.
El misterio de la sabiduría está en saber que el hombre es lúcido y tenebroso a la vez, aunque nos disguste. Y esto ya no se "agarra" como dice irónicamente el porteño, se sabe sin más. Pero mientras no comprendamos esto seguiremos enseñando o haciendo cosas en el pla­no mezquino del "ya sé", ese que consiste en defendernos humildemente ante un saber de piedra, sin corazón y de puro rostro. Pero no olvidemos que los aztecas y nuestro porteño son más sinceros. Realmente, el día que enseñemos a los alumnos un saber lúcido, que sea a la vez tenebroso, habremos ganado el cielo.

El texto y la imágenes han sido digitalizados por el blog Didáctica de esta Patria.

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