lunes, 1 de febrero de 2016

Megafón y la Invasión al Gran Oligarca (Leopoldo Marechal)



 En el año 1970 se publica la novela "Megafón, o la guerra" de Leopoldo Marechal. Megafón, también llamado el Autodidacto o el Oscuro, plantea la necesidad de librar Dos Batallas, la batalla celeste y la batalla terrestre. En esa búsqueda, Megafón va diseñando algunas misiones menores. Una de ellas la Invasión al Gran Oligarca. En ella lo acompañan su esposa Patricia Bell, el propio Leopoldo Marechal - cronista de la epopeya- y el historiador revisionista Dardo Cifuentes.

 Compartimos en esta oportunidad, no la totalidad de la invasión, sino aquellos párrafos que definen con más claridad qué es un oligarca, cuál es su esencia;  párrafos oportunos en momentos donde los destinos políticos y económicos del país vuelven a ser dirigidos por estos grupos - reconfigurados, con otros matices y nuevas caracterísiticas propias de los tiempos que corren- pero siempre la misma esencia: vivir de l@s que trabajan.

Carlos Alonso, 1970. Ilustracion del cuento "Modemoiselle Fifi" de Guy de Maupassat (Eudeba, década del 70)
....Desde el frío zaguán el valet nos condujo a un patio de rosas, y desde allí al gran salón de la casa hundido ya en la penumbra del atardecer. Era una luz caóti­ca en la que nuestros ojos individualizaron las lunas de los espejos y el brillo de las armas: en seguida el volumen de los muebles ago­biados como animales de caoba; y al fin las caras inertes de los retratos, el oro de sus uniformes y la blancura de los encajes que algún pintor anónimo había detallado en la ropa de las damas. El historiador Cifuentes inspeccionó las reliquias de la sala con su aguda nariz en revisionismo; Patricia Bell admiró los peinetones coloniales de una vidriera; estudió el Autodidacto un viejo sable de caballería; y me detuve yo ante la firma del general Soler estampada en un rugoso documento. A decir verdad, y según nos confesamos después, lo que a todos nos embargaba era la tristeza de un “vacío existencial” que residía en el salón y bostezaban sus objetos, “como si algo allí —me dije —hubiera detenido su conti­nuidad histórica en una suerte de rotura”. Entonces, al buscar un hálito de vida en aquel recinto, descubrí algunas brasas que ardían en su chimenea, un sillón instalado frente a las brasas y el desmo­ronamiento de un hombre que yacía en el sillón.

—¿Es don Martín? —le pregunté a Casiano III.

—Don Martín Igarzábal —recitó el indio—. El sillón es de Jacaranda y perteneció al coronel Mansilla.

—¿Duerme?

—¡Quién sabe! Los turistas no lo incomodan. Señores, la chi­menea es del Renacimiento italiano y fue comprada en un remate de Florencia.

Me acerqué al sillón de Jacaranda y observé al octogenario que dormía o no con los ojos abiertos:

—Don Martín —le dije—, ¿me reconoce? Soy aquel sobrino porteño del irlandés Cowley que dirigía su cabaña de shorthorns en “Los Ñandúes”.

—¿Hace mucho? —ronroneó él.

—Una cuarentena de años.
Carlos Alonso 1977 "Carne de Primera"


Don Martín escudriñó mi semblante, como desde brumosas lejanías; y me tendió luego una mano convencional, huesuda y a la vez fláccida como un fragmento de anatomía en descomposición. Aquella mañana de “Los Ñandúes”, al serte yo presentado, me alargaste, no la mano entera de un hombre que se tiende a otro hombre, sino tu índice rígido y solitario de magnate. Yo era un adolescente poeta y me negué a recibir tu dedo: si aquella pampa del sur era tuya en lo físico, ya era mía en lo poético y en lo metafísico; y es un amo absoluto el que posee las cosas en sus esencias. Me asisten aún razones de perplejidad y no de resentimiento.

—Ya caigo—pareció memorizar don Martín—. ¿No era yo entonces Director General de los ferrocarriles ingleses?

—No lo sé —le respondí—. Entonces yo estudiaba las formas del sur y componía versos a lo Hugo.

A través de sus neblinas interiores, don Martín recordó y tradu­jo un despunte de alarma retrospectiva:

—Sí —gruñó—, el mozo que jineteaba un lobuno del irlandés Cowley y me leyó un poema subversivo.

—¿Subversivo?

—¡Ahí empezaba el mal!

Y me lo censuraste frente al tío Cowley que se azoraba por­que sólo entendía de vacunos perfeccionados en la llanura. “Los hijos del extranjero no deben escribir: se les infla la cabeza de humos revolucionarios.” ¡Y así anda el país con esos anarquistas! Humos revolucionarios en la nariz de un poeta niño que ya olió una triste iniquidad de tu pampa. Laureano Reinafé se cortó un brazo en tu trilladora: lo mandas curar con un chorro de acaroína y unos giro­nes de arpillera sucia; luego lo borras de tu libro como un número inútil. Don Martín, en tu museo no figura el brazo perdido de Reina­fé; pero yo vi entonces que cien vidalitas folklóricas no alcanzaban a borrar la tristeza de un manco y de su muñón. ¿Estoy furioso? No me asisten razones de furia sino de piedad. Y el domador Liberato Farías no ha de cumplir tu orden: él no se casará con una mujer aje­na y embarazada ya de un hijo que no es suyo. Lo has desterrado y lo empujas al horizonte del sur. A Liberato Farías / buen domador lo llamaron /porque no usaba la espuela / sino con los reservados.

Y veo cómo el domador se va con el caballo que monta y otro en la punta de su cabestro. Se aleja, ya no está: se lo ha comido un hori­zonte. ¡Liberato Farías, yo escribí tu epitafio en el cementerio de Maipú, donde aguardan su juicio final tantas muertes de la llanura!

Y mis razones no están en el resentimiento sino en la melancolía.

Megafón, Patricia Bell y Cifuentes ya se habían acercado a nosotros y nos rodeaban.

—Señores —quiso retenerlos aún el pampa Casiano—, la vaji­lla es de Sévres y está sellada por esa ilustre manufactura.

—Oiga, don Martín —le dije al viejo—, ¿qué mal se iniciaba entonces?

—Los trajimos para que trabajasen las tierras y levantaran las industrias —rezongó él—. Desde los balcones de la Casa de Gobierno, el Ministro y yo los estudiábamos: desembarcaban a borbotones de aquellos buques roñosos. ¿Y qué hicieron al fin?

—Levantar las industrias y cultivar las tierras.

E con la pipa in bocea e zapatilla in mano, e trionfa la linyera que se va per Santa Fe. Los vi sudar al sol, mojarse bajo los dilu­vios, llorar sus desgajamientos y cantar en sus posibles resurrec­ciones. “Llegan como el otoño, / repletos de semilla, / vestidos de hoja muerta.” Los vi en la rotura de sus idiomas y en el patético sainete de sus adaptaciones.

—¡Sus hijos alzaron banderas revolucionarias! —insistió don Martín.

—¿Se refiere a las mías? —le dije.

—¡Usted lo sabe!
"Carlos Alonso, 1968. Ilustración de "La Divina Comedia"


Yo era un niño poeta, y frente al tío Cowley me declamaste la consigna: “¡Dios, Patria y Hogar!”. Dios (y no creías en El); Patria (y la vendiste a los ingleses); Hogar (y has traicionado el tuyo por los ajenos). El tío Cowley se alarmó: en su cabeza roja sólo cabía un toro bello como un pedazo de arquitectura.

Intervino aquí el revisionista Cifuentes:

—Un momento, señores —nos rogó—. ¿No podríamos ordenar este análisis?

—¿Quién es usted? —le preguntó don Martín.

—Un historiador.

—¡La Historia está conmigo! —se alegró el octogenario incor­porándose a medias en el sillón.

—La Historia es una mula ecuánime —le advirtió Cifuentes—: o atraviesa los Andes con una vanguardia o patea sin asco a una retaguardia que se durmió a la sombra de los laureles.

—¿Qué laureles? —refunfuñó el viejo.

—Los que “supimos conseguir”.

—Señoras y señores —recitó el pampa Casiano III—, ¿no sería mejor que admirasen ustedes estos abanicos románticos? En uno podrán leer una estrofa manuscrita del gran Lamartine. Todo com­prado y autentificado en el “Hotel Drouot” de París.

Sin escuchar al indio, el historiador Cifuentes, encarándose con el viejo, lo abordó como quien entra en una consulta de folios apolillados:

—Don Martín —le dijo—, ¿por qué se aferra usted a la Histo­ria?

—¡Los Igarzábal hemos construido este país! —chilló el octo­genario—. ¡Un imperio que se nos robó y que ahora se nos discu­te! Yo le dije al Ministro, desde los balcones de la Casa de Gobier­no: “¡Esa invasión nos destruirá!”

En su sillón y frente a la chimenea don Martín resucitaba, como aflojando sus resecos vendajes de momia. Entre las resquebrajadu­ras de su cascarón iban manando pretéritas altiveces, orgullos irri­tables, increíbles ablandamientos, oblicuas de traición e histerias de pánico. Y los espectadores de su resurrección vimos concretarse una “figura” en aquella síntesis de contradictorios elementos: la del Gran Oligarca.

—Sí, es el Gran Oligarca —dijo Megafón certificando su auten­ticidad.

—Don Martín —lo interrogó Cifuentes—, ¿en qué basaría usted su derecho? ¿En la Pseudohistoria, en la Parahistoria o en la Metahistoria?

—¡En los retratos! —exclamó don Martín—. ¡Ellos hablan y gritan!

Carlos Alonso, 1970. Ilustracion del cuento "Modemoiselle Fifi" de Guy de Maupassat (Eudeba, década del 70)



miércoles, 11 de noviembre de 2015

Carta que envía Simón Bolívar a su maestro Don Simón Rodríguez



(19 de enero de 1824)


Al señor don Simón Rodríguez
¡Oh mi maestro! ¡Oh mi amigo! ¡Oh mi Robinson, Ud. en Colombia! Ud. en Bogotá, y nada me ha dicho, nada me ha escrito. Sin duda es Ud. el hombre más extraordinario del mundo; podría Ud. merecer otros epítetos pero no quiero darlos por no ser descortés al saludar un huésped que viene del Viejo Mundo a visitar el nuevo; sí a visitar su patria que ya no conoce, que tenía olvidada, no en su corazón sino en su memoria. Nadie más que yo sabe lo que Ud. quiere a nuestra adorada Colombia. ¿Se acuerda Ud. cuando fuimos juntos al Monte Sacro en Roma a jurar sobre aquella tierra santa la libertad de la patria? Ciertamente no habrá Ud. olvidado aquel día de eterna gloria para nosotros; día que anticipó por decirlo así, un juramento profético a la misma esperanza que no debíamos tener.
Ud. Maestro mío, que tanto debe haberme contemplado de cerca aunque colocado a tan remota distancia. Con qué avidez habrá seguido Ud. mis pasos; estos pasos dirigidos muy anticipadamente por Ud. mismo. Ud. formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso. Yo he seguido el sendero que Ud. me señaló. Ud. fue mi piloto aunque sentado sobre una de las playas de Europa. No puede Ud. figurarse cuán hondamente se han grabado en mi corazón las lecciones que Ud. me ha dado; no he podido jamás borrar siquiera una coma de las grandes sentencias que Ud. me ha regalado. Siempre presentes a mis ojos intelectuales las he seguido como guías infalibles. En fin, V. ha visto mi conducta; Vmd. ha visto mis pensamientos escritos, mi alma pintada en el papel, y Vmd. no habrá dejado de decirse: todo esto es mío, yo sembré esta planta, yo la regué, yo la enderecé tierna, ahora robusta. Fuerte y fructífera, he aquí sus frutos; ellos son míos, yo voy a saborearlos en el jardín que planté; voy a gozar de la sombra de sus brazos amigos, porque mi derecho es imprescriptible, privativo a todo.
Sí, mi amigo querido, Vmd. está con nosotros; mil veces dichoso el día en que Vmd. pisó las playas de Colombia. Un sabio, un justo más, corona la frente de la erguida cabeza de Colombia. Yo desespero por saber qué designios, qué destino tiene Vmd.; sobre todo mi impaciencia es mortal no pudiendo estrecharle en mis brazos; ya que no puedo yo volar hacia Vmd., hágalo Vmd. hacia mí; no perderá V. nada; contemplará Vmd. con encanto la inmensa Patria que tiene, labrada en la roca del despotismo por el
buril victorioso de los libertadores, de los hermanos de Vmd. No, no se saciará la vista de Vmd. delante de los cuadros, de los colosos, de los tesoros, de los secretos, de los prodigios que encierra y abarca esta sombría Colombia. Venga Vmd. al Chimborazo: profane Vmd. con su planta atrevida la escala de los titanes, la corona de la tierra, la almena inexpugnable del universo nuevo. Desde tan alto tendrá V. la vista; y al observar el cielo y la tierra, admirando el pasmo de la creación terrena, podrá decir: "dos eternidades nos contemplan: la pasada y la que viene; y este trono de la naturaleza, idéntico a su autor, será tan duradero, indestructible y eterno como el Padre del Universo."
¿Desde dónde, pues, podrá decir Vmd. otro tanto tan erguidamente? Amigo de la naturaleza, venga Vmd. a preguntarle su edad, su vida y su esencia primitivas; Vmd. no ha visto en ese mundo caduco más que las reliquias y los desechos de la próvida Madre. Allá está encorvado con el peso de los años, de las enfermedades y del hálito pestífero de los hombres; aquí está doncella, inmaculada, hermosa, adornada por la mano misma del Creador. No, el tacto profano del hombre todavía no ha marchitado sus divinos atractivos, sus gracias maravillosas, sus virtudes intactas.
Amigo, si tan irresistibles atractivos no impulsan a V. a un vuelo rápido hacia mí, ocurriré a un apetito mas fuerte. La amistad invoco. Presente V. esta carta al Vicepresidente: pídale Vmd. dinero de mi parte, y venga Vmd. a encontrarme.
Pativilca, 19 de enero de 1824

domingo, 27 de julio de 2014

Olvidar a los niños es renunciar al porvenir- Eva Perón

Si tuviera que decir, en una síntesis, cuál es el problema que llama más poderosamente la atención y despierta en mí las más hondas angustias y paralelamente también la más decidida voluntad de contribuir a su solución, diría que es el problema de la niñez. Y eso por muchas razones. El problema del niño -del niño enfermo y sin recursos, del niño desvalido, del niño abandonado, del niño, en fin, que desconoce el calor del hogar, por infinidad de causas que son en su gran mayoría sociales- es un problema nacional y seguramente el más urgente de esta hora. El país que olvida a la niñez y que no busca solucionar sus necesidades, lo que hace es renunciar al porvenir. Y nosotros, no sólo no renunciamos al futuro sino que no renunciaremos jamás a él y estamos luchando para mejorarlo y valorarlo para los que vendrán después. Porque luchar por el bienestar, la salud física y moral, la educación y la vida del niño es, en síntesis, luchar por la grandeza ulterior de la Patria y el bienestar futuro de la Nación.

"Eva Perón concibe la República de los Niños", Daniel Santoro, acrílico 140x190, 2002
Yo quiero repetir hoy, y lo he de repetir en todas las oportunidades que me resulten propicias, cuál es nuestro deber hacia los niños desvalidos y cómo entiendo ese deber. Y lo he de decir con hechos más que con palabras, como nos lo enseñó con su ejemplo el General Perón. Y me impulsa a hacerlo, no sólo una razón sentimental, aunque entiendo - como argentina y como mujer que viene del pueblo y que conserva todo su amor por él- que entre todos los necesitados, entre todos los necesitados, entre todos los desvalidos, entre todos los que en este país esperan aún la ayuda y el cariño que la vida les negó, el niño es el más digno de recibirlo. Porque es el más sencible y el menos responsable de esa situación. En mis viajes por el país recorriendo las zonas que he podido visitar cuando mis ocupaciones me lo permitieron he podido observar la situación de los niños cuando los padres,por incapacidad económica, por enfermedad o simplemente por ausencia, no podían resolver personalmente el problema de sus hijos.
Comprobé entonces con horror, que hay provincias argentinas donde la mortalidad infantil llega a las cigras de 300 mil. Verifiqué que había centenas de miles de niños nuestros que casi no conocían ni la carne ni el pan, aunque habáin nacido en un país exportador por excelencia de esos dos elementos básicos alimenticios. Vi a millares y millares de criaturas sin educación, sin higiene sin calor familiar, viviendo en sórdidos rancheríos, siendon pasto de todas las enfermedades y consumiendo en una desesperación callada todo lo que en otros, más felices, son sueños de la niñez.

"Fuente de aguas curativas", Daniel Santoro, acrílico, 140x190, 2004
El porvenir de esos niños era tan incierto como el porvenir de los parias. Y me dije a mí misma que, aunque pareciera mentira, eso pasaba aquí, entre nosotros, en un país lleno de riquezas, en un país de hombres que se llenaban la boca con las palabras más sonoras barajando los conceptos de justicia, solidaridad, patriotismo, fraternidad y ayuda. Pero allí estaban los necesitados, olvidados y escarnecidos, esperando inútilmente que los señores de la política quisieran preocuparse por los que tenían que fundamentar el porvenir de la Nación. Allí estaban los niños, que no figuraban en la preocupación de nadie porque no podían votar, ni podían prestar sus nombres inocentes para las sucesivas farsas electorales con que se pretendía demorar el despertar de nuestro pueblo. Allí agonizaban subalimentados, enfermos, los hijos de los mismos que creaban la riqueza y que no tenían ante ellos otro futuro que el hospital, la miseria y la desesperación; o el delito.

"Los padres de Juanito Laguna se encuentran en un claro del bosque", Daniel Santoro, óleo 140x120, 2005
He dicho antes y lo repito una vez más, que el problema de la niñez es un problema nacional y que los pueblos - o los gobiernos- que renuncian a resolverlos, renuncian al mismo tiempo al porvenir. Nosotros, a través de la Ayuda Social, hemos iniciado un camino de solución que nos parece justo, seguro y eficaz. Hemos iniciado el proceso con la venida de algunos centenares de niños, a fin de prepararlos para una juventud capaz, como camino seguro hacia la madurez dignificada y constructiva. Para inculcarle todo lo que necesita la condición humana y es capaz de asimilar la sencibilidad infantil. Desde los conceptos morales de hogar, patria, familia, solidaridad social y espíritu de justicia, hasta los principios generales de la educación y la especialización en el trabajo. Desde la higiene más rudimentaria hasta los más elevados conceptos de fraternidad. Desde el amor a la tierra que los vio nacer y quiere dejar de ser madrastra de sus hijos, hasta el sentido de su propio deber hacia sus semejantes y hermanos.

"Verano en la ciudad infantil", Daniel Santoro, óleo 170x140, 2004
 Este primer ensayo, que ofrece ya resultados positivos más amplios que lo que era lícito esperar, nos anima y nos impulsa a multiplicar la acción común en beneficio de la infancia de nuestra Patria, que hasta ayer no tuvo quien viera en ella, en sus necesidades más urgentes, un motivo de acción social tesonera y esencialísima. Para antes de fin del corriente año, esos centenares de niños que reciben ahora nuestra solidaridad se habrán multiplicado, y esperamos haber recibido un contingente de varios miles pequeños descamisados del interior del país para su correspondiente salubridad, educación y especialización para la lucha por la vida. Pero aún estos miles no formarán más que las vanguardias de lo que se propone la Ayuda Social. Por este camino que vamos siguiendo o por otros que sabremos abrir con la ayuda del pueblo trabajador que nos anima en la lucha, todos los niños necesitados de la Patria, todos los pequeños desvalidos del país, han de sentir los efectos de nuestra solidaridad.
Ello no es una limosna, sino la ayuda fraternal de los hermanos mayores y más felices para con sus hermanos menores y sin hogar; y por eso mismo más dignos de recibirla y más merecedores que nadie de nuestra ternura, de nuestros esfuerzos y de nuestro corazón.

"Niños peronistas combatiendo el capital", Daniel Santoro, óleo 140x120, 2005
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Artículo en diario "Democracia", 11 de agosto de 1948.

viernes, 17 de enero de 2014

Un maestro a orillas del lago Titicaca por Rodolfo Kusch

Nos dijeron que el maestro había ido al lago a pescar. Tenía urgencia de hablarle. Necesitaba que me abriera la iglesia para examinar unos murales, y él era el único quien podía hacerlo. Todos me habían negado el permiso. Además tenía interés en conversar con un maestro de un pueblo dormido a orillas del lago Titicaca. Seguramente contaría con pocos alumnos y todos campesinos, de modo que tendría problemas diferentes a los que se presentan en la gran ciudad.
Aquella noche cenamos con él. Era muy humilde y vestía pobremente, pero denotaba una extraordinaria dignidad y pureza a través de todos sus actos. Se advertía que era la autoridad más importante del pueblo, ya que se le consultaban todos los asuntos que afectaban a la comunidad.
Recuerdo que hablamos de tests. Es natural que así fuera. Para los que somos de Buenos Aires, el tests es un símbolo: supone evolución, progreso y además con él se miden cosas; eso es lo más importante. El maestro era inteligente y se interesó. Pero cuando le insistí que podía enviarle algunos, se sonrió. Comprendí que su interés no llegaba a tanto.

Rodolfo Kusch (de espalda) junto a integrantes del proyecto Ayni Ruway
Me dijo entre otras cosas que no tenía problemas de disciplina, ni de carácter con sus alumnos. Un fuerte lazo afectivo los ligaba todos. Un día las autoridades lo habían trasladado y los alumnos lo fueron a buscar en un camión. Eso nos agrada y lo entendemos. En estos casos solemos decir que un maestro es un apóstol de la ciencia y de la cultura, especialmente en ese lugar tan inhóspito, aunque no nos parezca tan conveniente su indiferencia ante los tests.
Sin embargo este maestro tenía algo más. Al fin y al cabo, ser un maestro no significa sólo conocer la ciencia y la cultura. Esto sería demasiado pobre y más, si únicamente  se dedicara a aplicar tests. Había otra cosa detrás de él. Y pensé que sería el lago. Veamos por qué.
Este lago siempre estuvo cargado de misterios. Todo lo que se lee sobre él es extraño. No sólo fue el lago sagrado de las culturas antiguas, sino que aún hoy en día se le atribuye un sin fin de cosas, quizá un poco exageradas para un simple fenómeno geográfico. Pero aún así es sugestivo: ¿qué pensar sino de un lago situado a cuatro mil metros de altura, llevado ahí por el plegamiento de los Andes, y con un ancho igual a la distancia que existe entre Buenos Aires y La Plata, y un largo tres veces mayor?
Mi encuentro con el lago fue paulatino. El primer contacto ocurrió en el barco que une las ciudades de Guaqui y Puno. Era de noche y se escuchaba el chapoteo de las olas en la quilla. A lo lejos, sobre una lejana costa, los chisporroteos de los relámpagos daban un aire de leyenda. El lago se mezclaba con los antiguos dioses: Chuquilla o Mamacocha, el rayo y el mar.
La segunda vez fua a la vuelta, cuando viajaba desde Puno en un camión hasta Copacabana. Recuerdo que un paceño me hablaba entusiasmado del tango, cuando en un recodo del camino, en Chucuito, un pueblo de hechiceros, de pronto apareció el lago inmenso como un mar.
La tercera vez fue cuando cruzaba la frontera entre Yunguyo y Copacabana. Aquella noche llegamos tarde y habían cerrado la frontera a los camiones. Contratamos entonces unos indios para que lleven las cosas, y nos pusimos en marcha.

Era una noche cerrada. Nos detuvimos a descansar. Cerca nuestro brillaban tenuemente las aguas del lago. El paraje daba un poco de miedo. Hice una alusión a la posible aparición de Chuquichinchay, un felino legendario que llevaba en la frente una piedra luminosa. Ni bien pronuncié este nombre, uno de los indios tomó apresuradamente un bulto y corrió. Se había asustado. La leyenda vivía aún en su alma. El lago y Chuquichinchay eran en su mente la misma cosa. Todavía hoy en día en Chucuito los hechiceros suelen armar un altar para sus ritos, según parece para favorecer la caza.
Finalmente pude enfrentar el lago en Copacabana para examinarlo de cerca y dialogar con él, como se suele hacer con las grandes cosas. Chapoteé en sus aguas. En el fondo se veían piedras relativamente grandes, cubiertas de plantas marinas. Sobre los bordes, un pequeño terraplén de arenas gruesas. Y luego su extensión. ¡No sé que terrible e inconmovible significado trasuntaba, algo así como la de un inmenso dinosaurio petrificado en esa altura!
Hoy en día ese lago es aún fuente de extrañas leyendas. Una mujer en Perú me había relatado que su novio, un gringo, como se suele llamar a los rubios, cruzaba el lago en una lancha por razones de trabajo. Nunca más lo vio. Se dijo que había caído al agua y hubo quien suponía que lo habían empujado los indios. Estos necesitaban una ofrenda para la cosecha y el lago nunca devuelve sus muertos.
Además es el lago de las ciudades sumergidas. El barco que une a Puno con Guaqui había rozado algunas ruinas. Sin ir más lejos, Tiahuanaco, esa extraña ciudad cerca de sus orillas, totalmente en ruinas, se dice que fue súbitamente abandonada por sus habitantes a causa de un catastrófico desborde del lago, según supone un arqueólogo boliviano. Una parte del las decoraciones de la famosa puerta del sol quedaron inconclusas, y se ha comprobado que una capa de sedimentos marinos cubre la zona.
Indudablemente el lago Titicaca, además de ser un fenómeno geográfico, es un símbolo, una especie de monstruo que devora hombres y ciudades; que no obstante su quietud, se embravece prodigiosamente cuando sopla el viento, y que, sin embargo, alimenta a sus hijos con peces. Todo eso junto, hace un personaje.
¿Pero dónde termina la mente de uno y dónde comienzan las cosas? Por ejemplo compro un jarrón porque me gusta. En cierto modo ya pertenece a mi vida. Pero salgo del negocio y se me rompe. Me aflijo. ¿Qué lamento entonces? ¿La simple rotura del jarrón? Esto es lo que digo a todos. Pero en el fondo se ha estrellado contra el suelo un pedazo de mí mismo. Nuestra vida se desparrama misteriosamente entre las cosas. Y, si eso decimos del jarrón, qué no diremos del lago Titicaca. Qué gran pedazo de vida tenemos que desparrama en él para incorporarlo a nuestra alma.
El lago es un símbolo para el boliviano, lo mismo que la Pampa lo es para nosotros los argentinos. ¿Símbolos de qué? Pues de la parte más profunda de nuestra alma y precisamente de algo inconfesable. Si algún día dijéramos lo que llevamos muy adentro del alma, eso mismo sería tan tremendo como el lago o como la pampa. Lago y pampa son la base. Si nos sacaran esa base nos sentiríamos como esos astronautas que han perdido la gravedad, ya no habría ni arriba ni abajo: seríamos una simple máquina que flota en el espacio.
¿Y por qué ir tan lejos? La vereda de nuestra casa, la calle, las casas de los vecinos, el paso a nivel cercano, la avenida a dos cuadras, también son trozos de nuestra intimidad. Vivimos siempre metidos en un paisaje, aunque no lo querramos. Y el paisaje, ya sea el cotidiano o el del país, no sólo es algo que se da afuera y que ven los turistas, sino que es el símbolo más profundo, en el cual hacemos pie, como si fuera una especie de escritura, con la cual cada habitante escribe en grande su pequeña vida.

Rodolfo Kusch junto a otros integrantes del proyecto Ayni Ruway 
Y el lago Titicaca, que se da como lago y como símbolo, interviene en la enseñanza del maestro aquel. Algún día este maestro tendrá que enseñar el teorema de Pitágoras. ¿Para qué? ¿Para enseñar otra cosa más, o para redondear eso que sus alumnos ya saben del lago, eso que necesitan para vivir junto a él?
He aquí un problema de la enseñanza que se nos ha olvidado. Al lago lo conocen todos. A Pitágoras, nadie. El lago es inmenso y Pitágoras es chico. Es lo que solemos olvidar entre nosotros. ¿Se aprende para saber mucho, o se aprende para poder inscribir la propia vida en el paisaje? ¿Acaso no se aprende sólo para vivir? ¿Y por qué insistir en enseñar algo más que eso que llevamos en lo más hondo del alma, eso que se da como lago o como pampa afuera?
Los amautas enseñaban a sus alumnos las cosas de su tierra y sus creencias mediante cordeles, a los cuales agregaban nudos: eran los quipus. Cada nudo equivalía a una palabra nuestra o a una idea. Los usan aún hoy los indígenas para contar sus ovejas. Cada nudo corresponde a una cosa. Por un lado había un signo, por el otro un trozo de vida que le correspondía. Vida y signo iban de la mano.
Era una virtud de las antiguas culturas. pero en el siglo XX hacemos al revés: aprendemos los signos, técnicas, ciencias, pero no sabemos con exactitud a qué aspecto de nuestra vida corresponden.
Por eso se sonreía aquel maestro cuando le hablábamos de los tests. Debió sospechar que rendíamos demasiada pleitesía a nuestro siglo. Y más aún, habrá advertido que no somos totalmente sinceros. Porque, ¿qué sabemos del siglo? Apenas si compramos a escondidas algún manual de divulgación, o un diccionario para ponernos al tanto; luego lo colocamos en la biblioteca y nos olvidamos. De vez en cuando solemos hojearlos sólo para ver la ortografía de alguna palabra y nada más. Ahí se acabó el siglo. ¿Y no hace lo mismo el científico que pertenece a una sociedad internacional?
Es que tenemos una psicosis del siglo cuyo síntoma evidente es el cohete. Desde que se inventaron estos artefactos, todos piensan evadirse de donde sea: del lago o de la pampa. Pero en el cohete nunca habrá lugar para todos.
Pero debe ser tan fácil construirlos ¿verdad? Mucho más fácil que hacer lo del maestro aquel: redondear la vida de sus alumnos simplemente con lo que necesitaban para continuar junto al lago. Esto último nos cuesta mucho más que construir un artefacto. Qué paradoja...

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de Indios, porteños y dioses, 1966
El texto y las imágenes fueron digitalizados por el Blog Didáctica de esta Patria.
Las imágenes fueron extraídas de: Ideas Argentinas. Autores y luchadores que le dieron vida al pensamiento nacional y sudamericano, 27 de abril del 2011, Secretaría de Cultura de la Nación, Argentina

lunes, 13 de enero de 2014

Ser alumno en Buenos Aires por RODOLFO KUSCH

Como todos los textos de esta gran pensador nacional, compartimos esta vez uno dedicado especialmente a aquellos docentes atentos y comprometidos con sus prácticas. Un texto lleno de preguntas que nos llevan al fondo de nosotros mismos, allí donde somos mero estar, donde somos barrio y pura América Profunda.

Rodolfo Kusch en una de sus clases

Fuimos alumnos en Buenos Aires por muchas razones. Una de ellas porque la mamá nos llevó a empellones al colegio, otra porque fuimos siempre muchachos muy aplicados, otra porque ya éramos grandes y queríamos mejorar el empleo, o tomar contacto con otro orden de cosas, como la cultura o la técnica. Es probable también que teníamos en la familia algún tío, que ocupa ahora una alta posición en una empresa por haber estudiado. Nuestros padres habrán tomado en cuenta este ejemplo y nos dijeron "Mirá, tenés que estudiar porque hay que ser alguien en la vida". Entonces, lógicamente, ingresábamos a alguna institución.
Los primeros meses suelen ser entretenidos. Asistimos a una clima nuevo, casi como si hubiéramos pasado a otro orden de cosas. Pero llega el momento amargo en que hay que estudiar. Un día de esos, suena la campana y uno entra como siempre en el aula. Todavía algún alumno tira su papelito o su tiza, hasta que entra solemnemente el profesor.
Se produce el silencio. El profesor comienza a blandir la libreta. Todos estudiamos la lección del día, pero ya no entendemos nada. Y justo nos llama a nosotros. Ahí estamos balanceándonos de un lado a otro, mientras balbuceamos una que otra cosa. Los primeros segundos parecen horas. Se produce el primer tropiezo. El profesor dice terminante: "No es así, señor". Intentamos una vez más. El profesor no transige. Debe estar de mal humor. Al fin, viene lo peor, la condena. "Siéntense. Usted no sabe nada. Tiene un uno".
De ahora en adelante somos simplemente un alumno como "para un uno". Y eso nos molesta. Pensamos que está mal que se nos califique, porque somos mucho más que un número. O, al menos, no se toma en cuenta el verdadero sentido de los números. Porque ¿cuándo se inventaron las matemáticas? Mejor dicho ¿ya existieron cuando el mundo fue creado, o recién cuando el mundo se echó a perder? En otras palabras, ¿antes de Adán o después? Todos dirán que después de Adán, porque antes no había colegios nacionales. Sin embargo, no es así. Las matemáticas se inventaron cuando el mundo fue creado, así lo dijo Pitágoras. Por ejemplo, el cero era el huevo original del mundo, de ahí salió la divinidad o sea el uno. Luego, la pareja original, o sea Adán y Eva. Y posteriormente la trinidad, para darse recién el cuatro como símbolo del mundo, y luego todas las cosas. Los autos, las casas, los trenes, las calles, Buenos Aires e incluso los profesores.
Lo mismo pensaron los indios americanos. Primero el caos, luego Viracocha, luego los héroes gemelos, y así, hasta los profesores. Indudablemente ese profesor no creía en Pitágoras ni en América. Nos quiso calificar mal y nos puso nada menos que el número de la divinidad, el uno. Se ve que era un ateo.
Claro que hoy no nos interesa estar cerca de la divinidad ni de América, sino en la otra punta. El profesor usaba el otro sentido de la numeración, el que se descubre cuando el mundo se echó a perder, después de Adán, cuando ya no bastaba con sólo la visión del uno, sino al revés, la otra punta de la numeración, el infinito, el millón o el billón, y más allá. Hoy con un peso no hacemos nada, con un millón de pesos, sí. Hoy es necesario una enorme cantidad de números, cuanto más, mejor. Porque estamos al revés de la creación. Por eso el profesor aquel nos puso el uno como un castigo.
Además, cuando el profesor nos hizo sentar, dijo: "usted no sabe nada". ¿Y eso era cierto? Porque, cuando se es chico se saben algunas cosas. Se sabe jugar bien a la pelota. Se sabe todo lo referente a la madre de uno, a su cariño, a sus rezongos mientras ella hace la comida y cómo lo hace, o lo que nos dice cuando volvemos tarde. Si se es grande, se sabe hacer un expediente, o se sabe seguir una mujer por la calle. Y si ya se es casado, se sabe decir a la esposa todo lo que corresponde cuando ella está nerviosa y amargada por lavar los platos todos los días y uno no se recibe nunca. Se sabe cómo hay que conseguir unos pesos. Y ante todo, grandes y chicos, saben de la pieza en que viven, si es pequeña o destartalada, de la calle del barrio, del almacén de la cuadra, de las casas chatas, de la chica de enfrente, del borracho de al lado, el loco de la esquina, y se sabe del suelo que se pisa, de los yuyos, de los árboles, de la tierra, de la gente y de su vida y su muerte, en suma, se sabe algo de América. De todo esto se sabe. Y todo esto ¿realmente no vale nada?


¿Pero para qué discutir? La verdad es que hay que ser alguien, como nos dijeron, y es preciso pasar del uno al diez. Entonces, el sábado siguiente nos encerramos y estudiamos. Están transmitiendo el partido y apagamos la radio. Pasa la chica de enfrente y cerramos la ventana. A la noche querríamos ir al baile. Pensamos estudiar una hora más y luego salir. Pero estudiando se hacen dos horas, y al fin, sentimos con asombro que se han pasado las ganas incluso de salir.
Así llega el lunes, nos vuelven a llamar y esa vez todo sale bien. Respiramos hondo. Nos sentimos como beatificados. Súbitamente nos hemos convertido de un alumnos "como para un uno", en un alumno que merece un diez. Hemos ganado la santidad. Y es curioso, en ese momento una rara seducción comienza a ejercer sobre nosotros las reglas gramaticales, los teormemas o las clasificaciones de la botánica. Todo eso que era odioso antes, ahora nos parece luminoso, brillante y hasta hermoso. Ahora uno se codea con cualquier fórmula y no tene ningún miedo de fracasar. Ahora pertenecemos a los hombres que tienen diez.
Descubrimos incluso en la última bolilla del programa de lógica de quinto año, a propósito de la metafísica, la palabra "ser". Cuando el profesor hablaba de esto decía precisamente que el ser era considerado por Parménides como una esfera perfecta y agregaba que, en la Edad Media se la asociaba con la divinidad. Seguramente el ser debía representar lo mejor en materia de aspiraciones. No es extraño que figure en la última bolilla de la última materia del colegio nacional. Y es natural, ya que en ese punto se es alguien, como nos habían dicho.
En suma, ya hemos llegado. El resto de la vida consiste en mantener ese diez. Nuestro ideal de vida en Buenos Aires está concebido como una pirámide, en la cual arriba está el ser y abajo América. Muy simple. Pero, ¿cómo se es alguien? Y, habrá que ser como esa esfera que mencionaba Parménides se parecía a la divinidad.
Pero nunca vimos pasar a la divinidad por las calles de Buenos Aires. Vemos en todo caso muchas clases de esferas, por ejemplo, el globo terráqueo que usábamos en la escuela, una pelota de fútbol. Seguramente no es eso, aunque se parezcan al ser de Parménides. ¿O habrá que convertirse en un hombre esférico, grueso, con su cadena colgando del vientre y la vida realizada con su chequera, su familia y sus propiedades? ¿Pero si no se sabe ser alguien habrá que dejarse estar? Y caer en todo eso que uno era antes de  estudiar aquel sábado que no fue al baile, nuevamente en el barrio, junto al jefe, a la familia, a América. Pero veamos ¿a qué orden pertenece esto? Pues a lo opuesto, al ámbito de los haraganes, de los que se dejan estar. ¿Y cómo será el estar? Si el ser fuera gordo, el estar sería flaco. ¿Entonces cuando se estudia se pasaría del flaco estar al gordo ser?
Pero uno suele perder el peso cuando estudia mucho, de gordo se vuelve flaco, y además toda esa vida anterior, la del barrio, la que uno arrastra consigo pesa tanto, que resulta difícil calificarla como del flaco estar. Eso no puede ser sin más algo flaco, eso es denso y grueso, quizá mucho mucho más que el ser alguien. Seguramente Parménides no sabía lo que decía. El ser no es esférico, sino escuálido y magro, y el único grueso y redondo es el estar, porque sólo él lleva consigo una apelmazada vida, arrastrada diariamente desde la niñez hasta la muerte, en el barrio, pisando el suelo, aquí, encerrados en América.
Realmente parece como si el profesor, desde el punto de vista del siglo XX, puede poner el cero al alumno y echarlo de la clase por inútil. ¿Y el alumno? Puede hacer lo mismo con sólo poner un diez al profesor. Aquél podrá hacerlo en nombre de Parménides, porque el alumno trae consigo un apelmazada vida de su barrio, y eso no conviene. Y el alumno podrá hacerlo en nombre de Pitágoras, porque no puede sacarse la vida de encima, ni tampoco el profesor. Pero evidentemente aquí rige la ley del más fuerte.
Y he aquí la contradicción de Buenos Aires, que se reparte entre un grueso estar que vive, y un magro ser que no se ve. Es un problema del siglo. Nos arranca del cero de la creación y nos lleva a un infinito que puede ser caótico. ¿Por qué? Porque los dioses se acabaron, y no queda más que el número. ¿Pero qué ventaja tienen los dioses en esto? Pues si ellos nos tomaran un examen y nos pusieran un diez de nada valdría. A los dioses no les interesa el número, si no la densa unidad donde todavía se da la vida. Para ellos sacar un diez, es como sacar cero, igual hay que empezar todo de nuevo. El verdadero sentido de la vida no es solo cumplir con el pequeño deber, sino en asumir siempre un poco la creación del mundo.
No podemos decir sin más que el mundo está creado, sino que cada uno tiene que asumir siempre, con toda su vida su creación, la propia, igual que el fondo del barrio y el fondo de América. Y es tan difícil eso. Pero así es la ley de los dioses. Primero el cero con el caos, luego la divinidad con el uno y así hasta el infinito. Pero sólo así, con los dioses. Porque si no, seríamos una esfera apenas, pero sin vida.

Del libro "Charlas para vivir en América"
Texto digitalizado por didacticadeestapatria.blogspot.com.ar

lunes, 4 de noviembre de 2013

Pedagogía del Oprimido (Paulo Freire)

Pedagogía del Oprimido es sin duda, la obra más conocida de Paulo Freire. Fue editada primero en inglés y luego en español en 1970. Recién apareció en Brasil cuatro años después. Este libro fue traducido en 17 idiomas, lo que muestra la relevancia de la obra a nivel mundial. Hoy, compartimos una versión completa de esta obra en formato pdf.




ÍNDICE

APRENDER A DECIR SU PALABRA. EL MÉTODO DE ALFABETIZACIÓN DEL

PROFESOR PAULO FREIRE, por ERNANI MARÍA FIORI

PRIMERAS PALABRAS

CAPÍTULO I 
Justificación de la pedagogía del oprimido.
La contradicción opresores-oprimidos, su superación.
La situación concreta de opresión y los opresores.
La situación concreta de opresión y los oprimidos.
Nadie libera a nadie, ni nadie se libera solo. Los hombres se liberan en comunión.

CAPITULO II 
La concepción “bancaria” de la educación como instrumento de opresión. Sus supuestos. Su crítica.
La concepción problematizadora de la educación y la liberación. Sus supuestos.
La concepción “bancaria” y la contradicción educador-educando.
La concepción problematizadora y la superación de la contradicción educador-educando: nadie educa a nadie —nadie se educa a si mismo—, los hombres se educan entre si con la mediación del mundo.
El hombre como ser inconcluso y consciente de su conclusión y su permanente movimiento tras la búsqueda del ser más

CAPITULO III 
La dialogicidad: Esencia de la educación como práctica de la libertad.
Dialogicidad y diálogo.
El diálogo empieza en la búsqueda del contenido programático.
Las relaciones hombres-mundo: los ''temas generadores” y el contenido programático de la educación.
La investigación de los temas generadores y su metodología.
La significación concienciadora de la investigación de los temas generadores.
Los momentos de la investigación.

CAPÍTULO IV 
La antidialogicidad y la dialogicidad como matrices de teoría de acción cultural antagónicas: la primera sirve a la opinión; la segunda, a la liberación.
La teoría de la acción antidialógica y sus características: la conquista, la división, la manipulación, la invasión cultural.
La teoría de la acción dialógica y sus características: la colaboración, la unión, la organización, la síntesis cultural.

BIBLIOGRAFIA DE PAULO FREIRE, por HUGO AMMANN


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jueves, 17 de octubre de 2013

Al 17 de octubre por Leopoldo Marechal

 
Era el pueblo de Mayo quien sufría,
no ya el rigor de un odio forastero,
sino la vergonzosa tiranía
del olvido, la incuria y el dinero.
 
"La vuelta del malón de terracota" Daniel Santoro. Carbón sobre papel, 130 x 70 cm, 2011
El mismo pueblo que ganara un día
su libertad al filo del acero
tanteaba el porvenir, y en su agonía
le hablaban sólo el Río y el Pampero.
 
De pronto alzó la frente y se hizo rayo
(¡era en Octubre y parecía Mayo!),
y conquistó sus nuevas primaveras.
 
"La felicidad del pueblo", Daniel Santoro, Acrílico y dorado a la hoja, 200 x 150 cm
2001
El mismo pueblo fue y otra victoria.
Y, como ayer, enamoró a la Gloria,
¡y Juan y Eva Perón fueron banderas!
 
"La maquina de coser", Daniel Santoro, òleo 120 x 140, 2006